1957 – Segregación en las escuelas de Little Rock

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Cuando Elizabeth Eckford, una niña de 15 años, intentó ingresar a la escuela de segunda enseñanza de Little Rock, un grupo de soldados armados, perteneciente a la Guardia Nacional de Arkansas, se lo impidió. La fotografía de la niña con su vestido blanco recién planchado y su paquete de libros bajo el brazo enfrentada a los soldados dio la vuelta al mundo. Los soldados que impidieron la entrada de Elizabeth y de otros ocho compañeros matriculados en la Escuela Central de Segunda Enseñanza obedecían órdenes del gobernador del estado de Arkansas, Orval Faubus.

El motivo era elemental: se trataba de estudiantes negros.

Desde 1954, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos ordenó la integración educativa en las escuelas públicas, mandamiento rechazado y obstaculizado por algunas comunidades blancas de los estados del sur. El lunes 2 de septiembre al comenzar el año lectivo 1957-1958 se inició el proceso de integración racial en la ciudad de Little Rock.

En abierto desacato al mandato de la justicia federal, un grupo de exaltados segregacionistas blancos decidieron negar el ingreso de los negros. En su accionar, encontraron decidido apoyo del gobernador Faubus, quien envió a la Guardia Nacional para impedir el acceso de los estudiantes de color.

Tres semanas más tarde, el viernes 20 de septiembre, una orden perentoria de la justicia federal ordenó al gobernador retirar a sus soldados.

El lunes siguiente, 1.500 enfurecidos manifestantes blancos se situaron frente a la escuela, resueltos a impedir la entrada de los nueve negros, pero éstos, valiéndose de una estratagema, ingresaron por una puerta lateral, a tiempo que cuatro periodistas negros se colocaban de carne de cañón en la puerta principal.

Al descubrirse el ardid, la escuela y sus alrededores fueron teatro, durante las siguientes tres horas, de un batiburrillo de golpes, insultos, escupitajos, maldiciones y amenazas, que dieron como resultado la expulsión de los negros y la evacuación en ambulancia de dos jovencitas blancas, en estado semihistérico, por la impresión causada ante la obligación de compartir el salón de clase con estudiantes negros.

Esa noche, Dwight Eisenhower, el hombre que 12 años atrás dirigiera la más grande invasión militar de la historia contra la Alemania nazi, entró en escena.

En su calidad de presidente, asumió con energía y decisión el manejo de la situación: Recurriré a todo el poder de los Estados Unidos, incluso a la fuerza que pueda ser necesaria, para impedir la obstrucción a la ley, en el caso de la integración racial en las escuelas .

El gobernador Faubus se enfrentó al Presidente: … el Presidente no podrá constitucionalmente emplear tropa federal en la lucha por la integración racial, a menos que yo, como gobernador de un estado soberano, se la solicite .

La pelea de poderes estaba casada.

Al día siguiente, martes, 500 soldados paracaidistas, de la División 101 Aerotransportada, al mando del mayor general Walker, aterrizaron en Little Rock. De inmediato, el general notificó al gobernador los pormenores de su misión, que incluía la disposición de que los 10.800 soldados de la Guardia Nacional del estado se presentaran a sus cuarteles para someterse a las órdenes del Presidente.

Esa noche, el Presidente se dirigió a la nación. … Me duele decir que en Little Rock no se respeta la piedra angular de nuestras libertades. En otras ciudades del sur de los Estados Unidos, la integración racial en las escuelas ha comenzado sin obstáculos, lo que demuestra que éste es un país en que la ley es suprema y no los hombres .

A partir del miércoles, los nueve estudiantes negros acudieron a su escuela cada mañana, escoltados y protegidos por treinta fornidos paracaidistas.

No había transcurrido una semana de la recia medida presidencial cuando el gobernador Faubus, decidido a recuperar el poder, declaró: Prometo mantener el orden y respetar la ley. No obstruiré el cumplimiento de las órdenes de la justicia federal .

El presidente Eisenhower no comió cuento y respondió de inmediato: Las tropas federales permanecerán hasta que Faubus dé garantías satisfactorias e inequívocas de que las órdenes sobre integración racial no serán obstaculizadas , y agregó: Nadie puede deplorar más que yo el envío de las tropas federales. No es bueno para las tropas. No es bueno para la ciudad. No es realmente la manera norteamericana de proceder. Pero los tribunales deben ser defendidos, o esto deja de ser Estados Unidos .

Contra los pesimistas y negros augurios de los segregacionistas, el sur de la nación no se incendió.

Con paciencia franciscana, muchas mañanas y sus respectivas tardes, el cortejo de treinta paracaidistas realizó, más que una rutina, un ritual simbólico para demostrar a su nación y al mundo que esos nueve asustados muchachos negros tenían los mismos deberes, pero también los mismos derechos que sus conciudadanos blancos.

 

Publicado por, El Tiempo 21 de febrero de 1992

Autor: Armando Caicedo Garzón

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