1982 – Premio Nobel a Gabriel García Márquez

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Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez

Con el corazón sobrecogido y las nalgas apretadas, los privilegiados colombianos que asistieron a la ceremonia no pudieron contenerse: “¡Ese es el “nuestro!” –susurraron- “¡Nuestro Nobel!”

Los galardonados marcharon lentos a los acordes de la “Entrada Festiva” para órgano y flauta de Flor Peters, con 5 minutos de retardo, pero no por culpa de nuestro Nobel, sino por culpa del Rey Carlos XVI Gustavo de Suecia, porque aún a ellos, los puntuales nórdicos, se les atrasan sus monarcas cuando se enredan entre el trafico de la ciudad.

Pero si el Rey tardó cinco minutos en llegar, Gabo demoró treinta años. Treinta años después de que la Asociación de Periodistas de Colombia lo premiara, en 1953, por su cuento “En este pueblo no hay ladrones” y quince transcurridos desde que la Editorial Suramericana de Buenos Aires le publicara -por primera vez- “Cien años de soledad“.

Así hizo su entrada a la Sala del Palacio de Conciertos de Estocolmo el más conocido  de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. El cronista de chismes y enredos en El Espectador. El “Maluco”, como lo llamaron, al comienzo de los cuarenta, sus compañeros del “grupo de Barranquilla”. “García”, como le decían en la redacción de El Heraldo. “Gabo”, como se le conoce en lenguaje coloquial. Aquel alquimista de la lengua castellana que logró darle dimensión sacrosanta a la expresión “mamar gallo“.

Son las cuatro y cuarenta de la tarde de este viernes 10 de diciembre de 1982 y en la helada Estocolmo ya anocheció.

Ocho horas antes, en comunicación telefónica con Bogotá, Gabriel García Márquez exclamó: “Presidente, estoy vestido de gloria” , y Belisario Betancur le respondió: “¡Oh gloria inmarcesible!”

Minutos antes de ingresar a la ceremonia, cuando fue recibido por las luces de las cámaras y la explosión de los flashes, y las preguntas a gritos de los periodistas, apuntó delirante: “¡Carajo! es como si uno estuviera vivo y al mismo tiempo asistiendo a su entierro.”

La severa sesión, presidida por los monarcas, se inició con el discurso del académico Rore Browaldh, vicepresidente de la Fundación, quien exaltó la importancia y tradición de los premios, 82 años después de ser instituidos por el inventor de la dinamita, Alfred Nobel.

De inmediato se procede a la estricta ceremonia de premiación, ensayada -durante horas y horas- por unos tímidos científicos y un soñador caribeño, que a duras penas se entendieron a señas.

Con las notas de “Pompa y Circunstancia“, los galardonados repiten -de memoria- la rutina: Aparece Wilson en Física, luego, Klung en Química y los tres premiados en Medicina: Bertgustroen, Vane y Samuelsson. Por fin, es el turno del sexto, el nuestro, el nieto del Coronel Nicolás Márquez.

Lars Gyllesten lo presenta en francés y lo invita a recibir el premio.

Gabo se incorpora y se dirige hacia el Rey. No camina… levita…

La orquesta se cuela por entre los aplausos y el golpeteo sincopado de los corazones, con el “Intermezzo Interrotto” de Bela Bartok.

La rosa amarilla que lo acompaña yace exánime sobre su silla, como guardándole el puesto.

El contraste entre fondo y forma le coloca una aureola luminosa. Es que el blanco “liqui-liqui” de su atuendo caribeño riñe apasionado con la sobriedad de los negros y grises de un millar y medio de rígidos sacolevas. Es la antítesis del negro el que le permite lucir luminoso, con un halo de apariencia macondiana.

Recibe el premio. Estrecha la mano del monarca. Se vuelve hacia la sala. Se inclina emocionado. La ovación tiene la fuerza estrepitosa de esos trenes que entraban a la zona bananera, coronados con miles de racimos de peones y de plátanos, que en los sueños de su infancia vio pasar.

Allí en Estocolmo, en el hoy ombligo de la Tierra -a decenas de miles de kilómetros de su Aracataca- García Márquez escucha reverente los aplausos. Es el hijo de Gabriel Eligio y Luisa Santiago. El sobrino de Francisca Márquez, esa fuente inagotable de historias sobre la guerra civil y sobre el auge y caída del imperio bananero, de la que Gabo bebió sabiduría en su niñez. Es el alumno del profe Calderón Hermida en Zipaquirá. El inquilino malapaga de Madame Lacroix, a quien, en sus años de soledad en París, le quedó debiendo un año. El fabulista de sueños y fantasías a quien se le acaba de otorgar el Premio Nobel de Literatura 1982.

Regresa a su silla. Rescata su rosa amarilla. La ceremonia de premiación está por terminar. Son noventa minutos de una helada exactitud. Son las seis de la noche.

Una hora más tarde, García es invitado de honor al banquete que ofrece la Alcaldía de Estocolmo.

Gabo, con nostalgia de mojarra frita y patacones, de sorbete de guayaba y ron blanco, se sentó a manteles. Él y otros 1.300 invitados dieron cuenta de 100 kilos de carne de reno en rebanadas y 400 kilos de salmón. Se animaron con 250 botellas de champán y 160 botellas de Oporto y al final dieron cuenta del ya tradicional postre: el “Helado Nobel”.

A los brindis habló.

“…En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano…”

En simultánea, a esa misma hora, cayó sobre Aracataca una lluvia de mariposas amarillas, arrojadas desde una avioneta. Los cobres de las bandas y las flautas de millo les desencalambraron las caderas a miles de mujeres, que iniciaron un revoloteo  de polleras, como si obedecieran a una secular consigna destinada a exorcizar la soledad del pueblo, con porros, gaitas, y cumbias. Las papayeras brotaron espontáneas en cada esquina. Y el aroma de un pantagruélico sancocho se tomó la población. Y es que había motivos para estar alegres. Este pueblo fantasma recibirá esta misma noche, junto con el Premio Nobel, la llegada por fin de la luz eléctrica… con la misma emoción y curiosidad con la que recibieron, más allá de la frontera de su última memoria, la llegada del hielo.

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Autor: Armando Caicedo

Publicado en EL TIEMPO

Fecha de publicación: 14 de septiembre de 1991

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2 thoughts on “1982 – Premio Nobel a Gabriel García Márquez

  1. me gusta mucha la literatura desde cervantes,quevedo, pedro calderón de la barca miguel Delibes que era merececedor del nobel literatura tras consquistal premio nadal, cervantes una pena que se lo hayan dado con edad que tenia era merecedor me he leído el hereje soy un lector de los literarios me leído obra Dominique la Pierre un arco iris en la noche merecedpr el francés del nobel de literatura yo lo propondría habla sobre el tema racial en las colonias y el aparteheid de Nelson mandela premio nobel con deker del nobel de la paz tras sufir mas de 30 años de opresión racial y discriminación según por raza la esclavitud de los negros este francés es merecedor del nobel de literatura ha hecho mucho por la india y la ong Dominique la Pierre como el francés modiano del nazismo y racismo nazi sobre las razas y el exterminio en los campos de matausen y ausbiz modiano gran merecedor del nobel de literatura también se lo merecen otros escritores de habla latinoamericana y africana Dominique la pier gran escritor y redactor yo lopropondria para ennobel de literatura al francés ya que ha miguel Delibes no se lo dieron y su obra es estensa los santos inocentes gran merecedor era del nobel de literatura miguel delibes

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