Biografía

La verdad es que no he tenido  ni las agallas, ni las influencias eclesiásticas, ni el presupuesto para contradecir las partidas bautismales de miles de mis antecesores Caicedos nacidos en Popayán, Colombia, y por esa potísima razón, yo, que debería llamarme Armando Torre, soporto con resignación cristiana el apelativo de Armando Caicedo.

Con tan evidente origen castrense -desde ese primer Caicedo del Siglo XVI que se apareció con sus ínfulas de “capitán de conquista“-  hasta mis dos últimos ancestros, un coronel y un general, pues no es un hecho exótico que yo resultara tentado por la vida militar.  Así, a mis 15 años, me sorprendí consumido hasta las anginas entre un uniforme verde de dril, dos tallas mas grandes, un casco alemán que bailaba encabritado sobre mi testa pelada y un nuevo hogar: la Escuela Militar de Cadetes de Colombia. En el asiento de atrás de mi memoria quedaron los años maravillosos del Liceo Francés y del Colegio San Bartolomé – La Merced. Durante los siguientes cuatro años disfruté de la disciplina que se inventaron para formar soldados prusianos. Me adjudicaron de dotación casco con virola y penacho, mas un fusil “Maúser” dos veces más grande que yo. A los dos años mi  voz aflautada  mutó dos notas hacia los tonos graves, me empezó a brotar una pelusa que luego se convirtió en barba, endurecí los músculos y se me  desarrollaron otros órganos vitales destinados -por natura- a preservar los genes de los Caicedos. De paso, aprendí que: “no sobrevive el más fuerte sino el más capaz de hacer suyas las cambiantes condiciones del ambiente”. Gracias a esa lección, fui uno de los 35 cadetes (de los 170 que ingresamos) que logró sobrevivir los cuatro años de trabajos forzados.

Por esa época, mis dos maestros de esgrima, el  húngaro  Akos Ujfalussy, y el italiano il signore Didomenico, dedicaron siete años de sus vidas a enderezarme a sablazos, hasta que lograron alinearme  en los equipos de esgrima de  las Fuerzas Militares y de Colombia.

Aún no me explico el  papel que jugaron la milicia, la esgrima y la equitación en mi formación como escritor, pero desde cuando me desteté de mi familia, a los 14 años, se me despertó una enorme curiosidad por conocer el mundo y por explicarme cómo diablos opera el mecanismo de cuerda que lo hace funcionar tan mal.