Biografía

De mis diez años de fugaz paso por la vida militar surgió la novela “Viva el Obispo ¡Carajo!”.

Por esa época, el Ministerio de Defensa y el gobierno de Cundinamarca, Colombia -en un acto de inexcusable irresponsabilidad- tuvieron a bien nombrarme como alcalde militar de un pequeño pueblo liberal trepado en la cordillera.

Durante un siglo, la violencia política  había asolado esa región, y quince años atrás el gobierno conservador ordenó bombardear a los rebeldes alzados. En semejante clima de resentimientos no había esperanza de redención. Pero un día, los hasta entonces irreconciliables partidos políticos -liberal y conservador- pactaron una pedagogía de reconciliación.

En el marco del  nuevo acuerdo llamado “frente nacional” se comprometieron los partidos a alternarse el poder cada cuatro años, y para no pelearse por lo único que valía la pena, pactaron repartirse de manera milimétrica los puestos públicos, el presupuesto y los contratos. Como resultado de tan impensable acuerdo, ingresó a escena un personaje exótico, que todos dudaban de su existencia: la paz.

Luego de casi cien años de confrontaciones partidistas, guerras civiles y alzamientos de cuartel, los despistados habitantes de este pueblo –al que bauticé como “Villa del Príncipe”- se confesaron cabreados y dudaron que el frágil fenómeno de la concordia pudiera germinar.

Dentro de ese ambiente de mutuo recelo político, interpreté que mi responsabilidad como alcalde, incluía, además de repartir presupuesto y burocracia, la misión de mantener -así fuera en precario equilibrio- la sensación de paz. Para ello era preciso entusiasmar a los paisanos a que pensaran en un propósito común.

El de Arriba no me abandonó. El  cura párroco se aprovechó de mi proverbial cara de cretino y en horas yo mismo me sorprendí  liderando la comisión que animaba la primera  visita de un “excelentísimo” señor obispo a ese pueblo que por cuatro siglos no reconoció sumisión a ninguna autoridad, ni divina, ni humana.

Aún tengo en mis cuentas por pagar, escribir otra novela –dedicada a los amigos entrañables que conocí en ese pueblo- libro que titularé: “Viva el Alcalde ¡Coño!