Cuba, la Revolución y la Generación Y

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“En este país se aceleró el cambio. ¡Mira!” El guía estiró sus labios hacia la fachada de una elegante casa, a las que se le cayó la pintura, más no la dignidad. “En ese balcón colgaba hasta hace poco la bandera rojinegra del Movimiento 26 de Julio. Ahora cuelga la bandera del Barça. ¡Ay! Nuestro deporte nacional, el beisbol, está amenazado. Estamos perdiendo nuestra identidad cultural”.

Crónica - Viaje a Cuba
En un edificio de La Habana, donde antes había símbolos de la revolución, ahora hay símbolos del fútbol, como esa bandera del Barcelona. (Armando Caicedo/Para ETL)

Es que los jóvenes cubanos no están divididos entre los “defensores de la revolución” contra los “disidentes”, como se percibe afuera. ¡No! La Isla se empezó a dividir entre los seguidores de Messi y los de Cristiano Ronaldo”. Este toque de alarma me lo confirmó una chica que hacia cola en un cine. “No entiendo de fútbol, pero yo soy del Real Madrid. Es que me encanta el Cristiano Ronaldo”.

El abismo generacional es muy notorio en Cuba. Hoy, a la hora de defender a ese “hombre nuevo” que hace medio siglo prometió Fidel, los jóvenes entre 17 y 30 ya no vibran en la misma frecuencia emocional que vivieron sus padres. Estos jóvenes ya no mantienen un compromiso evangélico con el sistema. “Ya pasó la época romántica cuando los muchachos se peleaban por hacer la guardia del comité”, me comentó una señora que esperaba la guagua. “Los comités de defensa de la revolución siguen vivos en cada barrio y en cada zona, pero quienes persistimos en animar su existencia somos los viejos”.

Estos revolucionarios viejos que durante cincuenta años se han dado mañas para sobrevivir con su cartilla de racionamiento, y han desayunado con Marx, almorzado con Lenin y cenado con la imagen del Che responden ante la amenaza del cambio, coreando la misma consigna: “En Cuba se defiende la revolución hasta la muerte”.

Pero las nuevas generaciones ya muestran cierta fatiga ante las viejas consignas que prometen que la revolución será “eterna”. El taxista que me lleva al Vedado -un ingeniero, con especialización en astilleros- me aclaró las causas de esa creciente apatía. “De niño admiraba al Che. Cuando yo marchaba en la Plaza de la Revolución, temblaba de emoción. Hoy mi generación siente admiración por los héroes de la revolución, pero ya sin nostalgia. Incluso el tradicional tratamiento de “compañero” ha desaparecido, y apenas se utiliza en el ámbito estatal”. Cuando le insistí ¿y qué sienten por Fidel?, respondió sin titubeos: “se puede alabar o criticar los resultados de la revolución, pero la inmensa mayoría coincidimos en una suerte de veneración colectiva por el patriarca”.

Crónica - Viaje a Cuba
Consignas que se encuentran escritas en todas partes. “Una Organización que Nació para ser Eterna.” (Armando Caicedo)

Un maestro de posgrado del Instec me aclaró: “ya quedó superada la época de la intransigencia. Si alguien era sorprendido mascando chicle, usando “jeans”, o escuchando rock lo acusaban de “diversionismo ideológico”. Las cosas han cambiado, pero aún nos falta abrirnos al mundo. Quienes nacimos en la revolución creemos que disfrutamos de libertad… bueno, “libertad a la cubana”, porque aquí la gente no tiene cómo comparar “nuestra noción de libertad” con la de los otros sistemas”.

Un escritor con quien me topé en la Feria del Libro de La Habana me lo confirmó. “Disfrutamos de libertad creativa, pero todos reconocemos los límites, porque si los sobrepasas, el sistema te puede condenar al limbo del olvido. Claro que ya pasó la pesadilla que soportamos hace cuarenta años, cuando la libertad de los intelectuales debía reptar por los estrechos túneles de la “parametrización”. Cientos de artistas y escritores fueron hostigados por violar los “parámetros” revolucionarios” y por hacer ostentación de sus “debilidades ideológicas”.

Cuba es una isla rodeada de necesidades por todas partes. Una gigantesca valla se encarga de echarle sal a esa herida: “Bloqueo: El genocidio más largo de la historia”. Pero un joven que me sirvió en un paladar me aclaró: “Más lesivo que el bloqueo económico es el bloqueo informativo. Los jóvenes tienen conciencia que en el mundo todo cambia , pero aquí nada cambia”.

Esa expectativa de cambio está a cargo de los jóvenes. Si bien todos los cubanos comparten el mismo oxígeno del presente, las diferentes generaciones no coinciden en la interpretación sobre el modelo del futuro.

Ante la dificultad de acceder a los servicios de Internet, los jóvenes se declaran anclados en el siglo 20. El desarrollo de la red “Güifi” es restringido y la entrada de los grandes operadores aún se enreda en debates filosóficos como aquella de “la soberanía tecnológica”. Mientras tanto, miles de jóvenes se movilizan por el paisaje de La Habana como miembros de una tribu urbana de rebuscadores de información. Armados con celulares y laptops se emboscan alrededor de los grandes hoteles para piratear las señales de internet, y luego hacen circular -de mano en mano- en alegre clandestinidad, miles de memorias USB, donde palpita el virus “desviasionista”: música pirateada, “Caso Cerrado”, películas de Hollywood, partidos del Real Madrid y el Barcelona, segmentos de noticieros extranjeros y hasta telenovelas completas.

Una tarde tuve la maravillosa oportunidad de hablar con un selecto grupo de jóvenes poetas cubanos. ¡Qué sorpresa! Además de su talento, exhibieron sus nombres extraterrestres: Yansy, Yanier, Yanelys, Yoiner, Yunier, Yaima, Yanetsy y Yasmany. (Confieso que a la hora de poner en orden mis apuntes no tengo certeza a qué sexo corresponde cada nombre).

La moda de apodar a los bebés con nombres tan peculiares coincide con el arribo en 1962 de miles de “bolos” -apodo que le aplicaron a los toscos soldados rusos que se estacionaron en la Isla durante los siguientes 33 años- por aquello de “bolcheviques”. Tal parece que los nombre rusos que empiezan por “Y”, como son los casos de Yordanka, Yuri, Yevgeny, Yaremka, Yaroslav y Yakov, impactaron por su exotismo a los cubanos. Cuando en Cuba se percataron que los nombres rusos con “Y”, no eran tan abundantes, el ingenio popular inventó cientos de nuevos nombres que empiezan con “Y”, lo que a su vez dio origen a la “generación Y”.

Esta dichosa generación -nacida a partir de los “ochentas”- parece haber asumido la responsabilidad de cambiarle el centro de gravedad a su país y colocarlo, de manera franca, en el siglo 21.

Una tarde, en el bar de un hotel en la Habana vieja, decidí romper el hielo con la joven que me atendió

– ¿Cuál es tu nombre?

– Natasha -me respondió.

– ¡Guau! Tienes nombre ruso.

– Sí. En mi familia todos tenemos nombres rusos. Mis ocho hermanos, son, Dimitri, Ivanov, Lenin, Alexi, Olga, Anatoli, Sebastopol y Stalin.

Sin poder ocultar mi sorpresa contra pregunté.

– ¿Tú papá es ruso?

– No.

– Entonces ¿tú mamá es la rusa?

– Tampoco.

Entonces Natasha, miró a su alrededor para cerciorarse que ninguno de sus compañeros de trabajo la escuchaba. Se inclinó hacia mí y en un susurro me develó el secreto:

– Es que la vieja es comunista.

Natasha tiene razones para ponerse mosca. Durante medio siglo esta sociedad de la desconfianza se ha construido con el mismo material radioactivo: “el temor al vecino”.

***

Caicedo es escritor y autor de humor gráfico, colaborador de El Tiempo Latino, la publicación hispana de The washington Post.

Publicado en Abril 28 de 2016 – The Washington Post –

Twitter @ArmandoCaicedoG

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