Cuba marcha sobre estas ruedas

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Movilizarse por La Habana es muy complejo. No sólo en el nivel horizontal de la calle -en carros y “guaguas”- sino también en sentido vertical, de abajo hacia arriba -como pasajeros de los 562 vetustos ascensores- que operan en los viejos edificios.

Porque todo lo que en La Habana dependa de una máquina, animada por un motor, sostenida por media docena de tuercas y tornillos y mantenida por el Estado, con seguridad ajusta más de cincuenta años de uso, abuso, indiferencia, falta de repuestos y pobre mantenimiento.

Crónica - Viaje a Cuba
Uno de los autos que se ven en La Habana. (Armando Caicedo/Para El Tiempo Latino)

 

A mí me encanta esta ciudad porque no hay trancones. La razón es simple: hay muy pocos carros. Pero la contaminación se siente en la calle como si circularan cien mil vehículos. La razón es igualmente simple: circulan miles de carros viejos, casi todos de “mecánica frankestein”.

Esta peculiar mecánica nace de la necesidad. Los cubanos son capaces de resucitar cualquier carro americano producido entre 1920 y 1960, o cualquier carro ruso o polaco, importado entre los 60 y los 90. Como no existen repuestos, ni posibilidad de importación, y muchas de las marcas y modelos ya desaparecieron en sus países de origen, y ni siquiera existen los manuales mecánicos, pues sólo queda la imaginación. Un viejo Ford 51 sigue caminando impasible -como “Johnny Walker” – con un motor Toyota, la caja de cambios de un Moskvitch ruso, partes de un motor fuera de borda, el mecanismo de un ventilador, el eje de un tractor checo y tres ganchos de alambre para colgar ropa. Eso se llama en Cuba: “resolver”.

Pero como si los cubanos tuvieran que demostrar que su dignidad sigue intacta, un chofer de taxi me asegura que aquí no se trata de reconstruir carros viejos sino de mantener rodando a los “modelos clásicos”.

Crónica - Viaje a Cuba
Convivencia automotriz de lo antiguo a lo más tradicional en La Habana. (Armando Caicedo/Para El Tiempo Latino)

A simple vista los carros en La Habana parecen pertenecer a dos “clases sociales”. Los “aristócratas” que son esos inmensos Cadillacs ElDorado, Chevrolets BelAir, Ford Fairlane, Buicks Roadmaster y Pontiacs, muchos de ellos descapotables, con sus combinaciones de dos alegres colores, que han sido mantenidos, durante más medio siglo, cuál si se tratara de las joyas de la familia. A su lado circulan, en medio de espesas cortinas de humo negro, los “almendrones”, que son otros carros más modestos, anteriores a 1959, destinados al transporte público, y a los que se les ha alargado el chasis y la carrocería para acomodar más pasajeros, y se les han adaptado motores Perkins de diésel, para ahorrar gasolina.

Cuando le pregunté a un feliz propietario de una de estos “almendrones” (a los que uno se sube oliendo a agua de colonia y se baja oliendo a petróleo crudo) ¿cómo pueden transitar estos carros antediluvianos? El tipo me explicó. “Estamos en Cuba. Con un billete de 50 dólares, usted puede obtener el certificado técnico donde conste que un Dodge del 42, con motor de Toyota Tercel del 62, es un RollsRoyce del 2016”.

Esos bellísimos autos “aristócratas”, muy bien conservados, se pueden adquirir entre 60.000 y 80.000 US dólares. Los “almendrones”, que se destinan a taxis, se cotizan en US $12.000. Claro que existe otra clase más modesta que corresponde a los carros de la ex Unión Soviética, que arribaron a la isla por allá en los años 70 y 80 -Ladas, Gaz, Moskovich y el “polaquito” Polski, que hoy se transan entre US$ 4.000 y US$ 12.000.

Tal como me explicó un taxista en Miramar, “si usted me quiere comprar este Dodge del año 50, el proceso de pago es en “dos contados”: primero, usted me cuenta los US$ 12.000 en billetes, que me entrega y, en seguida, yo cuento los billetes que recibo”. La razón es simple. No existe crédito bancario, ni financiación para negociar un carro. Todas las operaciones son al furioso contado.

Pero si la idea es aprovechar el reciente levantamiento de las restricciones a la importación de carros, los precios son de locura. Si el ingreso de un cubano trabajador es de US$ 30, el mes ¿cómo puede comprar un pequeño Peugeot “0 kilómetros”, si le facturan US$ 90.000, al contado?

Pues esa respuesta no la tiene ni el gobierno, que es el único autorizado para vender autos nuevos y de segunda, en una sociedad donde no hay nada nuevo para vender, ni para comprar.

Mientras tanto, los cazadores de tesoros siguen descubriendo piezas únicas, como el legendario Aston Martin DB2/4, del año 1958, con motor de competición, uno de los dos únicos que fueron fabricados en el mundo, que acaba de ser descubierto en un pueblito, cerca de La Habana, cubierto de polvo y olvido. Claro que este clásico se podría restaurar y vender en Estados Unidos por unos US$250.000, pero su motor original -seis cilindros en línea y dos carburadores- no aparece. Bajo el capó de esta joya se encuentra un motor ruso, de lo que los cubanos conocen como “Yugulí pisicorres”, que no es más que un modesto motor Zhiguli, que los rusos rebautizaron como Lada.

Crónica - Viaje a Cuba
Vista de La Habana en marzo de 2016. (Caicedo/Para El Tiempo Latino)

Luego que me familiaricé con La Habana, trepado en este colorido museo rodante de autos “clásicos”, me propuse a llevar un encargo que me hicieron en Miami, para un escritor amigo.

“Te espero en mi apartamento -me advirtió- pero allá solo puedes subir si tienes buena preparación física y no padeces de problemas cardíacos. Es que debes trepar 17 pisos. Eso se dificulta porque llevamos cuatro meses con el ascensor estropeado.”

Así se vive en un país donde todos los piñones de la economía los mueve el Estado, incluso los de los ascensores. En el edificio de Eduardo, los vecinos se cansaron de esperar. Los mecánicos, que son capaces de animar, tanto a los viejos ascensores Otis -que ya cumplieron más de medio siglo subiendo y bajando- como a los viejos ascensores soviéticos que hace mucho tiempo dejaron de funcionar por ausencia de repuestos, ya no dan abasto con tantas reparaciones pendientes. Por esa razón, miles de personas ancianas se resignaron a quedarse a vivir, allá en las alturas de sus apartamentos, porque si se atreven a bajar, después nadie las vuelve a subir de retorno a sus hogares.

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Caicedo es escritor y autor de humor gráfico, colaborador de El Tiempo Latino, la publicación hispana de The washington Post.

Publicado en Marzo 20 de 2016 – The Washington Post

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