La invitación a mis Quince

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¡Increíble! Llegué a mis quince.

¡Estoy preñado de emoción! (La señal más evidente de este estado es que empecé a padecer de “antojos”)

Acabo de cumplir quince años de estar bostezando detrás de este computador, con la pantalla en blanco, sintiendo respirar sobre mi nuca al señor Avendaño, editor de esta benemérita publicación, quien todas las semanas me amenaza: “Caicedo, si no entrega esta columna a tiempo, corre el peligro de pasar a engrosar la estadística de los ‘güeyes” desempleaos, pero deprimidos“.

– ¡Celebremos este acontecimiento! -Aulló mi tía Filomena.

–  Pero tía –alcancé a responder con esa timidez que desde hace quince años me caracteriza- ¿celebrar qué?.

– Cretino –me susurró- con cínica ternura- te voy a organizar una memorable “fiesta de quinceañera”. Es que cumplir quince años escribiendo babosadas es un acontecimiento que, por su trascendencia, podría, incluso,  cambiar el centro de gravedad de la Tierra.

– Pero, tía… -balbucí.

– Cierra el pico, ignorante. ¿No te huele que tu tía es capaz de cocinarte un aniversario inolvidable?

¿”Me huele”? Sospecho que el insoportable olor que la tía percibe es culpa de algún desarreglo digestivo provocado por mi estrés. Lo cierto es que a hasta al cretino más insensible se le revuelve su respectivo vientre al leer la invitación que la vieja tecleó en su máquina “Olivetti”:

………………………………….

“Estás invitado a compartir aquel sueño que hoy -al cumplir mis quince años- se convirtió en realidad:

¿Recuerdas la horrenda oruga que era yo cuando nací para el periodismo? Pues quince años más tarde he sufrido una maravillosa metamorfosis:

¡Ahora me siento mariposa!”

 ………………………………….

– Tía, ¡Me niego! Esta invitación me suena muy “gay”.

La vieja parpadeó tres veces, y sin siquiera regalarme una mirada de compasión, siguió de largo con sus preparativos. En su recalentada imaginación decidió que ese día, yo entraría al salón con un traje rosado, sobre medidas, “como es la etiqueta en cualquier baile de quince” -me explicó- “además, no te preocupes, ingresarás al salón de mi brazo, es decir, acompañada de la única soltera de la familia que te soporta, cretino”.

– Tía, en tal caso, prefiero ingresar con mi tío Epaminondas.

– Cretino, ni pienses que vas a entrar con él. Los invitados se van a cabrear. ¿Te imaginas los chismes? Nuestros conocidos sospecharán que escogiste como pareja para bailar tu primer “vals  de quince“, a un tipo calvo y gordito. Imbecilillo, ¿es que no entiendes?. En esta familia aún somos muy conservadores para aceptar los matrimonios entre carnales “que juegan en el mismo equipo“.

– Y ¿si ingreso al salón de la mano de mi editor?

– Pues piénsalo bien, zoquete. Recuerda que nadie recomienda revolver los asuntos íntimos, con las obligaciones de trabajo.

– Pero tía, esto puede ser una maravillosa oportunidad. ¿Quién quita que en medio de esta fiesta de mis quince, mi jefe se emocione y me suba el sueldo?

(Continuará….)

No te pierdas el próximo capítulo de esta historia, en la que contaré “Cómo celebré mi fiesta de ’15 años’, sin perecer en el intento“.

Nota:

Quince años sentado frente al computador, escribiendo todas las semanas esta columna, es un honor que cuesta –en mi caso- el descuadre de una vértebra lumbar. Gracias por su paciencia.

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